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Diplomacia de escaparate: entre discursos grandilocuentes y realidades ausentes en el Congreso de Jalisco

Diplomacia de escaparate: entre discursos grandilocuentes y realidades ausentes en el Congreso de Jalisco

En un ejercicio que mezcló solemnidad institucional con promesas sin aterrizar, el Congreso del Estado de Jalisco recibió al Cuerpo Consular de Occidente para una mesa de trabajo que abordó temas tan diversos como la crisis migratoria, el turismo internacional, la preservación ambiental y la seguridad para inversiones extranjeras. La convocatoria fue promovida por la diputada Gabriela Cárdenas Rodríguez, quien pretende posicionarse como enlace entre la agenda local y los asuntos globales. Sin embargo, más allá del protocolo diplomático, el encuentro dejó preguntas incómodas: ¿realmente estas reuniones generan resultados tangibles o son simplemente pasarelas de buena voluntad sin consecuencias reales?

Durante las exposiciones, los representantes consulares expresaron preocupaciones legítimas: la necesidad de fortalecer el estado de derecho, impulsar una política de seguridad efectiva y generar mecanismos reales de cooperación internacional. El llamado más concreto fue la propuesta de crear una comisión permanente para atender asuntos internacionales desde el Congreso de Jalisco. Una idea que, aunque ambiciosa, se enfrenta a los límites estructurales del Legislativo estatal, cuyas competencias constitucionales rara vez trascienden los márgenes locales.

Gabriela Cárdenas habló de “conectar la agenda legislativa con los asuntos globales” y construir “una red de cooperación internacional”. Palabras que, aunque bien intencionadas, suenan vacías cuando se contrastan con el historial del Congreso en materia de política exterior o diplomacia subnacional: nulo.

Más aún, las preocupaciones planteadas por los cónsules —como el mercado laboral externo y la seguridad— contrastan con la realidad que vive la entidad: crisis de desaparecidos, violencia persistente, precarización laboral y un sistema de justicia desbordado. Si se pretende que Jalisco sea un “puente” entre naciones, antes habría que garantizar que no sea un campo minado para sus propios habitantes.

La diputada Marta Arizmendi, en su calidad de presidenta de la Mesa Directiva, sumó declaraciones sobre la necesidad de impulsar la industria cultural y el desarrollo sostenible. Pero el discurso nuevamente quedó en el aire: no se presentaron iniciativas concretas, calendarios, recursos etiquetados ni métricas de seguimiento.

Los legisladores asistentes —Sergio Miguel Martín Castellanos, María Candelaria Ochoa, Brenda Carrera, Marco Tulio Moya, Adriana Medina, Luis Vidrio y Leonardo Almaguer— hicieron acto de presencia, pero sin intervenciones destacables ni compromisos legislativos claros. La presencia de figuras como Luis Octavio Vidrio, señalado recientemente por participar en fiestas con narcocorridos, resalta la contradicción entre la narrativa diplomática del evento y la realidad política de sus protagonistas.

El encuentro reunió a cónsules honorarios y representantes de países como Bélgica, Filipinas, Finlandia, Guatemala, Indonesia, Kazajistán, Rumanía y Rusia. Voces diversas, sí, pero que no se tradujeron en una agenda común ni en compromisos verificables. El acto protocolario cerró con buenos deseos, fotografía oficial y cobertura mediática, pero sin resoluciones legislativas, planes de cooperación institucional o acuerdos firmados.

La pregunta, entonces, permanece: ¿para qué sirven estas reuniones si no desembocan en hechos? ¿No es hora de que el Congreso de Jalisco deje de hacer diplomacia de escaparate y empiece a construir diplomacia efectiva desde lo local? Porque mientras se habla de “redes internacionales”, el estado sigue pendiente de atender sus propias urgencias: inseguridad, migración forzada, y una justicia que no llega.

Lo internacional empieza por lo local. Y en Jalisco, la política exterior parece, por ahora, un espejismo más en el desierto legislativo.

“Cuando el poder canta al narco”

“Cuando el poder canta al narco”

Por Daniel Emilio Pacheco

En Jalisco, el poder político gusta de celebrar. De brindar, de presumirse cercano al pueblo y, si la ocasión lo amerita, de corear a todo pulmón letras que glorifican al crimen. No es nuevo. Lo novedoso, o más bien lo escandaloso, es el grado de cinismo con que hoy se encubre la desvergüenza desde los mismos curules del Congreso local.

Apenas corrió la noticia —documentada en video, difundida por MILENIO— de que el diputado emecista Luis Octavio Vidrio celebró su cumpleaños 51 al ritmo de narcocorridos, y la defensa no se hizo esperar. Llegó, como dictan los manuales de control de daños, con rostro amable y voz tibia, en boca de su compañera de bancada, la diputada Verónica Jiménez.

La legisladora reconoció su asistencia al convivio realizado en Tlajomulco —donde también figuró el alcalde Quirino Velázquez—, pero con una precisión digna de notario se deslindó del momento en que “se presentó el grupo musical”. Según su testimonio, se marcharon a las 6 de la tarde para alcanzar boletos a la semifinal de Astros. Lo que pasó después, dice, no les concierne.

Pero sí les concierne. Y mucho. Porque el escándalo no estriba sólo en la hora ni en la canción. El escándalo es político, es ético, es institucional. ¿Cómo explicar que mientras el gobernador Pablo Lemus promueve leyes para prohibir narcocorridos en eventos públicos, sus propios correligionarios los celebran en fiestas privadas con ediles y legisladores presentes? ¿Cuál es la congruencia de la fracción de MC que un día se presenta como adalid de la legalidad y al siguiente se escuda en la etiqueta de “evento privado” para justificar la exaltación del crimen organizado?

Verónica Jiménez lamenta que “se manche la imagen del Congreso” por este caso, pero lo que mancha no es la cobertura periodística ni la indignación ciudadana. Lo que mancha es la impunidad con la que se desenvuelven ciertos actores políticos, convencidos de que las formas ya no importan, de que la moral es relativa si hay votos o corridos de por medio.

Decir que “Luis no es así” es una defensa vacía, impropia del momento y del cargo. ¿Qué significa “no ser así” cuando se permite la interpretación pública de letras que glorifican a un capo como ‘El Mencho’ y se aplaude al cantante que cobra cientos de miles por narrar gestas de sangre y poder? Si no se es “así”, ¿por qué la permisividad? ¿Por qué la foto sonriente, la copa en mano, la normalización de la apología criminal?

Lo más preocupante es que esta clase de episodios se vuelve sintomática de algo mayor: la banalización de la violencia desde el poder. Hoy, un diputado canta y baila con narcocorridos. Mañana, votará por una reforma que busca prohibirlos. Y lo hará sin el menor asomo de contradicción.

En tiempos donde Jalisco sigue siendo rehén de los cárteles, cuando los desaparecidos se cuentan por miles y la autoridad batalla por recuperar la confianza ciudadana, los legisladores deberían ser ejemplo, no espectáculo. Si el Movimiento Ciudadano quiere preservar algo de autoridad moral, tiene que demostrarlo con algo más que comunicados y justificaciones de ocasión.

Porque una cosa es ir a la fiesta. Otra muy distinta es negar que se escuchó la música.

Y más aún, pretender que el narcocorrido no dice nada cuando lo dice todo.

“La mentira se vuelve política cuando se institucionaliza. Y cuando el poder canta, es porque ya no le importa quién escucha.”